- Hay veces... hay veces en que un lamento no lo arregla todo. Y tú sabes que ahora esto no te sirve.
- ¿Y qué me propones? -chilló con su voz ronca. Daba verdadero miedo-.
- Oye, por favor, no me grites...
- ¿¡Pues dime qué se supone que tengo que hacer!?
- ¡QUE NO ME GRITES JODER!
Se hizo un silencio medio tenso, por el tono histérico que había cobrado la conversa; y medio asustado, porqué al contrario que André, que siempre era brusco, tosco y violento, Mina jamás pegaba voces. Nunca. Poco a poco, él se tranquilizó (sólo un poco) y ella recobró su serenidad fría.
- ¿Te crees que puedes mandar a ese... engendro de perro tuyo a buscarme y traerme aquí sin darme una sola explicación y siempre con malos tratos, y que encima puedes gritarme y exigir ayuda?
- Yo... lo siento -y jamás esas palabras habían sonado tan falsas y desesperadas a la vez-.
- No. Tú no sientes nada.
André iba a reprochar esa acusación, pero ella no le dio tiempo.
- Si pudieras sentir algo, por pequeño que fuese, dentro de esa piedra que tienes por corazón -y por cerebro, pensó- ahora mismo no estaríamos alterados de este modo porqué tenemos el cadáver de una chica que tú has matado. ¿No crees?
André no pudo decir nada. Y ciertamente era mejor callar, dado que Mina no estaba en un modo receptivo y cualquier réplica podía salirle a uno muy caro. Pasado un rato, dijo con un hilo de voz:
- No lo está.
- ¿El qué?
- Que no lo está. No está muerta.
Mina, que se había puesto un par de pasos por delante de André y miraba el cuerpo de la chica tirado en medio del suelo del cobertizo, se giró hacia André con la expresión desencajada y los ojos muy abiertos, como diciendo que si le tomaba el pelo otra vez él sería el siguiente. Y André entendió exactamente eso.
- Guillermina, es verdad y si no me crees, compruébalo.
La mujer no apartó en seguida la mirada de André. De hecho, pensaba, no sé que sería peor: viva o muerta.
Lentamente se volvió otra vez hacia el cuerpo. Era una muchacha muy joven, tal vez unos 19 años, aunque era algo arriesgado decirlo tan concreto. Tenía la piel de todo el cuerpo llena de arañazos, cortes y golpes. El vestido, que indicaba que era de buena familia porqué era de muy buena calidad, estaba rasgado y lleno de agujeros. Y en la boca, tenía un corte que nacía de la comisura izquierda, como si le hubieran metido un cuchillo en la boca y hubieran cortado a partir de ahí, hasta la mejilla. Toda ella estaba bañada en sangre. Tenía el hombro derecho y la muñeca izquierda dislocados, y una pierna rota. Y había perdido un zapato, a saber cuándo.
Si no estás muerta -se dice Mina- en cuanto despiertes, desearás estarlo. Dios... te dolerá todo.
Mina se agachó, y palpó el cuello sucio de la muchacha aparentemente inerte. Mina hizo una mueca y cerró los ojos como si alguien le hubiera comunicado la muerte de su ser más querido.
En el cuello de la chica había pulso.
Pobre desgraciada, pensó Mina.
Anne.

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