- ¡¡Vamos mamá!!
- Carl, no seas impaciente... ¿ves? Ya está terminado.
El niño, sólo en calzoncillos, corrió hacia donde su madre estaba sentada y en un abrir y cerrar de ojos, se vistió con el disfraz que su madre le había estado arreglando para ese día. Carl lucía un "maillot" de cuerpo entero, negro, con unas líneas cosidas sobre la tela con hilo (gordo) blanco. En conjunto, la imagen era de un chico de 9 años disfrazado de esqueleto, y tan emocionado que no cabía en su piel.
- ¡Hay que ver que guapo estás, cielo!
- Mamá...¿falta mucho para que llegue Lail?
- Pues no... deberían estar ya aq---
El timbre interrumpió la frase antes de que Marian pudiera terminar.
Lail y sus padres habían llegado. El pequeño amigo de Carl iba vestido con una camisa blanca, ensuciada a propósito y con los puños y cuello rasgados. Unos pantalones manchados con algo que imitaba la sangre y unas converse "All Stars" negras, nuevecitas. Además llevaba la cara maquillada con tonos lilas y color sangre en las comisuras de la boca. Y Susan se había encargado de ponerle una bufanda porqué fuera hacía un frío considerable. Se notaba que tanto Susan como Lail (padre) se habían encargado un año más de que su hijo fuera el mejor vestido de la noche de Halloween, aunque se gastaran más de 500 £ sólo por una noche. Era un milagro que Lail (hijo) no fuera un niño mimado de los que dan asco.
- ¡Vaya Lail, que miedo das!
- ¡Este año el pequeño de la casa se nos ha vuelto un zombie! -dijo Lail (padre) sonriente-.
- ¿Y este esqueleto tan guapo? -preguntó Susan haciendo cosquillas en la barriga a Carl-.
En ese momento Harry salió de la cocina con el delantal todo sucio de restos anaranjados, y con dos calabazas vaciadas, limpiadas, con un par de caras talladas y forradas por el interior con tela negra, y que a la vez se unía por arriba a modo de asa. En conclusión: dos bolsas-calabaza.
- ¡Que chulas papá!
- ¡Gracias señor Mitchell!
- De nada chicos, ¡pero quiero que al volver las traigáis llenas de caramelos!
- Creo que aceptarán el trato con gusto, Harry -bromeó el padre de Lail, y todos rieron mientras los chicos examinaban aún las bolsas confeccionadas por el padre de Carl, que le habían llevado toda la tarde y parte de la mañana también-.
Los padres de Lail entraron en casa de los Mitchell y los niños salieron a la calle en busca de caramelos y chuches o, también podía ser, pastelitos, no perderían la esperanza.
Los chicos tenían la ruta estudiada: primero la casa de los Marshall, unos abuelos entrañables a quienes su hijo y su nuera llevan años sin visitar (tienen una nieta que ni conocen). Desesperados y con carencias de afecto, son generosos con los caramelos.
Después los Taylor, un matrimonio americano cansado de Nueva York, y su hija Carol, la chica rubia de 17 años más popular de todo el pueblo. Conscientes que son populares gracias a la chica, se lucen con chocolatinas para que la gente hable bien.
En tercer lugar, unas cuantas calles más abajo, la señora Collins, una mujer entrada en la cuarentena que intenta quedarse embarazada (pero lleva el tema con discreción, o lo haría si su vecina no la hubiera descubierto sin querer un día mientras pegaba la oreja a la pared para escuchar su conversación por teléfono y se lo hubiera contado a todo el barrio) que sólo logra relaciones amorosas frustradas porqué en el fondo está enamorada de su jefe. Le gustaban los críos, así que daba buenos premios.
Otra opción era la residencia de las hermanas Larsson, dos mujeres de treinta años que buscan desesperadamente dos hombres (a ser posible) para casarse o lo que sea, pero para siempre, y como nunca se sabe si el niño que llama a la puerta es huérfano de madre... dan unas bolsas de chuches y bombones muy ricas.
Y finalmente la casita de Rachel Woods, la estudiante que asiste a Oxford pero vive fuera de la residencia. Cada año monta unas buenas fiestas de Halloween, así que resulta más cómodo dar caramelos de los buenos, así es más rápido y se ahorra las quejas.
Pero ese año, la casa de Rachel no fue la última que visitaron. Tras la casa de la estudiante, en la cima de una colina se alzaba una mansión que siempre había restado abandonada. Pero ese año a los niños les llamó la atención: había luz en las ventanas.
- Carl ¿tu sabes quién vive allí?
- Pues no... ni sabía que nadie se hubiera mudado al pueblo...
Lail miró pícaro a Carl.
- ¿Quieres echar un vistazo a los nuevos?
- Pero Lail... no lo sé... no me parece buena idea.
- Vaaamooos... ¿y si nos dan unas grandes bolsas de chuches como presentación en el pueblo? ¡ O pastelitos!!!!
- Lail...
- ¡Venga!
Lail agarró por el brazo a Carl y echó a correr hacia la mansión.
Al llegar, las cosas no fueron más apetecibles por Carl: la puerta, desmesuradamente alta y toda podrida. Y las paredes estaban igual. Se sentía un olor a orín de los perros que habían meado durante años allí. A fuera era ya de noche, y la luz de la mansión había menguado, sólo había alguna luz encendida en las últimas ventanas. Pero Lail parecía incluso emocionado.
Y llamó a la puerta, ignorando los peros que Carl le intentaba decir.
La puerta se abrió y apareció detrás, una silueta vestida de negro con una máscara de cara entera, parecida a la cara triste del teatro griego.
- ¡Trick or treat! -dijo Lail con una sonrisa en la boca, una sonrisa que se le borró inmediatamente-.
La figura miró a los dos niños y Carl dio dos pasos atrás. Entonces todo pasó muy rápido: La forma cogió a Lail y Carl intentó agarrar a su amigo por el brazo, pero sólo pudo coger la calabaza que al tirar de ella su asa cedió y petó, tirando todos los caramelos por el suelo. Lail y la figura desaparecieron en la oscuridad de la casa, y de golpe los gritos de Lail cesaron.
Y entonces, la silueta reapareció y postró delante de los ojos de Carl al pequeño cuerpo sin vida, con la cabeza abierta y a quién habían degollado, Lail. Todo el pecho del niño estaba cubierto de sangre.
Los ojos llenos de lágrimas de Carl se posaron en los vacíos de vida de Lail.
Entonces la figura se agachó y recogió un caramelo en forma de esqueleto, que ofreció a Carl.
Have a frightening Halloween!!
Anne.